
Las últimas encuestan publicadas manifiestan un hundimiento del PSOE y de la izquierda en general. Sin embargo, existe una desconfianza, también muy generalizada, de que algo puede pasar con el voto en los próximos comicios.
Que la sociedad española está fraccionada es un hecho que no da lugar a debate. Basta echar un vistazo a lo que acontece diariamente para concluir que la situación actual de la sociedad española está desintegrada y lejos de su situación de los últimos 25 o 30 años.
Esta circunstancia se extiende por todos los círculos sociales: la familia, en el trabajo, en la calle, en la economía… Pero ni siquiera podemos achacarla a las imputaciones que recaen sobre algunos miembros del PSOE. Existe otra cuestión que evidencia el fraccionamiento de la sociedad y es que, un buen número de socialistas y de votantes de la izquierda, prefieren a Sánchez y/o su equipo, inmerso en la corrupción, que a cualquier otro candidato en la Moncloa.
No me cabe duda de que estos casos, que hoy ocupan las portadas de los periódicos, terminaran siendo juzgados en los tribunales españoles, o europeos. Que ni siquiera Cándido Conde Pumpido podrá librarles de la justicia. Pero, mientras tanto, generan una brecha en la sociedad que la mantienen dividida. Por una parte, encontramos a los que consideran que se ha traspasado la linea roja de la tolerancia sobre la corrupción, y por otra, quienes mantienen una credibilidad a prueba de bomba sobre la inocencia del PSOE y su Presidente, en relación con todos esos casos.
Esta «tolerancia» de los votantes de la izquierda con los comportamientos de sus representantes debería preocuparnos, tanto o más, que el de la corrupción. Porque se trata de una deformación conceptual de los principios básicos de toda convivencia.
El delito no tiene color político. Pretender, como pretenden algunos socialistas, que las imputaciones a determinadas personas sean fruto de confabulaciones judiciales es, al margen de denotar un determinado grado de insensatez, un intento inútil de trasgredir los pilares de la justicia.
A pesar de ello, Sánchez que conoce de maravilla la manera de anestesiar a sus votantes, utiliza estas artimañas para influir en ellos y plantearles un escenario de confrontación que solo encaja en las mentes deformadas por la ideología.
No obstante, cuesta aceptar que las razones por las que esta masa social permanece del lado de la corrupción del socialismo, lo hagan por el convencimiento de que es mejor un socialista corrupto, que uno de otro partido sin tacha penal.
Po eso, cada vez que aparecen nuevos casos de presunta corrupción que afectan al Partido Socialista, una pregunta vuelve a surgir en el debate público: ¿por qué una parte importante del electorado continúa apoyándolo?
La justificación de tal desvarío podríamos encontrarlas en el diván de un psiquiatra. Ya no es cuestión de ignorancia, que la es, y muy notable, es que los socialistas no quieren, ni siquiera plantearse, que llevan mas de 100 años en la vía equivocada, como demuestra la historía mas reciente.
Por tanto, la respuesta no puede reducirse a la ignorancia, la falta de información o la indiferencia. Si la respuesta no está en el diván del psiquiatra nos costará verdadero esfuerzo aceptar que las decisiones de voto sean fruto de una combinación de factores ideológicos, económicos, culturales y estratégicos.
Para muchos votantes la afinidad ideológica pesa más que los escándalos. Desde esa perspectiva, la corrupción se interpreta como un problema grave, pero no suficiente para cambiar de opción política. También son muchos los electores seducidos por el «y tu más», que consideran que la corrupción no ha sido exclusiva del PSOE y se acogen a que el problema es estructural, por lo que prefieren votar a quien consideran más cercano a sus prioridades políticas.
Fruto de la posición ideológica de la izquierda se produce el «voto de contención» por el que algunos ciudadanos votan a favor del PSOE como voto en contra de otras opciones. En consecuencia, consideran que mantener al PSOE en el poder es el mal menor.
Por eso el PSOE fideliza a este tipo de votantes con la amenaza de la posible llegada de la derecha al gobierno y la consecuente perdida de derechos. Activan la maquinaria del miedo para incentivar ese voto de contención.
Otro factor que no puede ignorarse es la cuestión de la polarización de la sociedad. En sociedades políticamente divididas, como es la española, los votantes tienden a juzgar con mayor severidad los errores del adversario que los de su propio bloque ideológico. Este fenómeno contribuye a explicar por qué un mismo escándalo genera reacciones muy distintas según la orientación política del observador.
Una vez repasados algunos de los factores que pueden tener su reflejo a la hora de emitir un voto, la cuestión radica en cual de todas las razones expuestas debería ser la predominante.
Sin duda, una sociedad demuestra su madurez, cuando sus votantes tienen la capacidad de alejarse de los criterios atemporales o ideológicos y mostrar su voto en cuestiones que afectan a su momento. Los comicios no deben servir para votar si se está de acuerdo, o no, sobre lo ocurrido cuarenta años atrás.
Si los comicios se convocan en periodos relativamente cortos, de cuatro o cinco años, es precisamente para que la sociedad «juzgue» los acontecimientos recientes. Pero pedir esto en una España, con el mantra permanente del franquismo en boca de los rojos, como la que vivimos casi resulta de chiste.
Solo si en las próximas elecciones se confirma la debacle socialista podríamos decir que la corrupción tiene consecuencias electorales. En otro caso, se confirmaría la evidencia del fraccionamiento nacional, fomentado por presidentes como Zapatero y Sánchez para reabrir las mismas cuestiones que causaron los acontecimientos del 36.
Actualizar en nuestro recuerdo a Antonio Machado, a Unamuno o a Ortega y Gasset cuando popularizaron el debate sobre el «ser de España» y la fractura nacional, nos llena de desesperanza. Apuntaba el filosofo que una de las razones de la desintegración española era los grupos pequeños o periferias que se desligan espiritualmente del proyecto nacional general. Y, a continuación, sin espacio para reflexionar, nos advertía de que la ausencia de los mejores, la falta de una elite intelectual o guía moral capacitada para dirigir a la masa popular era una cuestión central de la desintegración nacional.
No sé lo que pensaría José Ortega y Gasset si hoy levantara su cabeza