
Pedro Sánchez está solo.
Pero eso no le preocupa. Es tan narcisista que está convencido de que tampoco le hacen mucha falta los Ábalos, Cerdán y compañía para la campaña electoral. Ni siquiera Zapatero y Puente, que iban a ser sus bastiones contra la derecha, le van a acompañar debido a su situación personal.
Estoy convencido de que a Sánchez ni eso le importa. Está persuadido de que él sólo puede vencer. No le importa cargar con todo el peso de la campaña. Dejará el falcón. Pero tratará de acudir a todos los mitines que le sea posible, salvo que la reacción de los ciudadanos sea echarle de sus propios mitines al grito de hijo de puta.
Para abundar en su soledad tampoco le acompañan las estrategia previstas. Las principales se le han derrumbado. Como no podía ser de otra manera. Argumentos como el de la vivienda o la inmigración tratará de evitarlos como temas de confrontación. Y no digamos el tema de los ferrocarriles. Ese será una losa en cualquier debate al que tenga que acudir.
De Pedro Sánchez pueden decirse muchas cosas y casi todas malas, malísimas, sin embargo no se le puede negar su capacidad mitinera y su facilidad para convertir un problema en una ventaja.
Lo ha demostrado a lo largo de estos últimos años en los que la oposición no ha sido capaz de acorralarle ni con lo de Cataluña, ni con los Presupuestos Generales del Estado, ni siquiera con lo de Ceuta.
No obstante la soledad en la que se ha quedado el presidente va a ser el motor de su próximo error. Por mucho que trate de encontrar argucias ya no le queda nada en lo que apoyarse. Su estrategia ha desaparecido como por ensalmo. Sus adláteres se encuentran imputados o aparcados en Andalucía como es el caso de «Mopongo». Solo le quedan Oscar López y el ministro Bolaños. Duo que no presenta, a priori, un pedigrí mitinero como para aliviarse de lo que se les viene encima.
A Pedro Sánchez se le han acabado las alternativas. Durante la campaña ni sus apoyos parlamentarios seguirán fieles a sus compromisos de mantenerle en la Moncloa. Cada uno intentará salvar sus muebles. Ni su desastrosa gestión será útil como aval durante la campaña.
Por eso su única baza es destruir a Feijoo. Olvidarse de debates en los que, seguramente, perderá la batalla y centrarse en cuestiones personales. Y este enfrentamiento, si se produce, sería el penúltimo error del presidente del Gobierno.
Tratar de convertir la campaña en un cuerpo a cuerpo con Feijoo, le dejaría a Feijoo el campo libre para plantear su estrategia en los términos y con el alcance que a él le conviniera.
No es que Pedro Sanchez no tenga mejores dotes que Feijoo para plantear un debate cara a cara. Su problema es que los argumentos los tiene Feijoo. Y, ante la contundencia de los casos denunciables por Feijoo el encanto personal parece poca herramienta.
Confrontar su carisma a los contundentes argumentos que pudiera exponer Feijoo será, ademas de un error táctico, la demostración de que es la última bala que tiene el socialismo en estos momentos.
Los resultados pueden ser demoledores para el presidente que podría situar al PSOE por debajo de los 100 diputados. Incluso se derrumbaría la aureola narcisista del Presidente en favor de la imagen de un candidato ávido de reconocimiento popular.
Pero Pedro Sánchez no va a dejar pasar la única oportunidad que le queda, aunque de ella pueda derivarse una derrota sin paliativos. Su fututo político, judicial y personal se juegan el día 29-N.