
A lomos de su locura, Don Pedrete continuó su andadura por los mas diversos vericuetos de la geografía española, luchando contra el pasado y abrumado por las continuas desventuras que asolaban a su escudero Sancho Cerdán. Que a fuerza de picotear en terrenos ajenos había dado con sus huesos en la cárcel.
Ni la ausencia de su escudero era razón para que Don Pedrete se afligiera. Don Pedrete BocaAncha siguió, en su soledad, en busca de ocasiones para engrandecer su historial, como ningún otro caballero andante los había sido, ni lo será.
En sueños veía a su amada Aldonza llegar ante los tribunales para afrontar los pecados cometidos en su ausencia, Pero como cualquier caballero andante que se preciara, despertaba recuperando a su amada Aldonza de San Bernardo, del brazo de la justicia.
Para su desazón y la desventura de su proyecto, también había conocido como Acábalos y su porquero Aguirre, habían dado con sus huesos entre rejas.
A lomos de Rocinante, la cabeza de Don Pedrete daba vueltas tratando de encontrar la razón del por qué, siendo él un verdadero caballero andante, no se le había presentado la oportunidad de vengar el honor de Aldonza, deshaciendo las maledicencias de que había sido objeto. Ni siquiera había tenido la ocasión de salvaguardar el camino de Acabalos y su porquero camino del calabozo.
Tan solo le alcanzaba a comprender que las razones de tales desventuras eran fruto de la maldad de la gente. Que la maldad de la gente era la causa de su desatino. El mundo y la Justicia se ponía en contra suya.
Con esa idea en su cabeza Don Pedrete viajó por toda España, incluso por el extranjero, donde se topó con otros problemas, como la guerra, a los que trató de buscar alguna teórica solución, siempre y cuando no fuera necesario participar en ella.
En una de esas andanzas por tierras extrañas dio a chocar con un gigantón, casi albino, con el pelo color naranja. Don Pedrete no pudo evitar que su encuentro con aquel gigantón le recordará una de esas historias que narraba Don Amadis de Gaula en sus escritos, cuando recordaba como un ejercito de gigantes, procedentes de tierras mas allá del mar, pretendían hacerse los dueños del mundo. A los que, unos marineros de varios países, partiendo del cabo de Palos con tres embarcaciones: la Niña, La Pinta y la Santa Maria, trataron de evangelizarlos sin que tuvieran mucho éxito.
Don Pedrete, en un atisbo de lucidez, comprobó cómo en todas partes cuecen habas y decidió volver sobre sus pasos y retirarse a la venta donde había sido armado caballero durante cinco días, para reflexionar sobre si merecía la pena seguir siendo caballero andante, al estilo que reflejaban los libros de caballería, o volver las armas al arcón de donde salieron.
Pensó en olvidarse de todas sus lecturas sobre novelas de caballería y tratar de conocer otros mundos. Así se introdujo en Wuxia, una novela china ambientada en el mundo de las artes marciales durante la dinastía Ming o, en otros escritos, como Bandidos del Pantano, de Shuihu Zhuan, o Romance de los Tres Reinos, donde se describe la vida y andanzas del monje Xuanzang. Todas ellas consideradas libros de caballería pues tratan de la destreza con las armas, la justicia y la lealtad.
Pensó que en esas lecturas podría descubrir otros mundos mejores que sus reinos. Pero más allá de ayudarle a poner en orden su maltrecha cabeza, lo que provocaron fue más confusión y desorden del que tenía.
Con esa desazón, Don Pedrete, al punto de llegar a la venta, preguntaba a Rocinante, si en su sabiduría animal, él alcanzaba a entender la razón para desmadejar tanto entuerto. El rocín que había sufrido en sus carnes los ecos de la locura de su amo, bastante tenía con llegar a la venta en busca de un puñado de paja que aliviara su famélica figura. A medida que se acercaba a su destino, cabalgaba con tal desazón, que su trote estuvo a punto de descabalgar al jinete.
Al punto de entrar en la venta fue recibido por las mozas que ayudaban al ventero a servir la comida, que al sentir el ruido de los cascos de las caballerías, acudían al umbral de la puerta con el animo de dar rienda suelta a sus juergas.
Recordaba Don Pedrete, que le habían contado, que Acábalos y su porquero, aprovechaban la mas mínima oportunidad para acercarse a la venta en busca del chorizo de la olla, que el ventero conservaba en manteca, al que ayudaba con un mendrugo de pan y del cuartillo de vino para acompañar las viandas, al tiempo que soltaban algún pellizco que otro, en el orondo culo de las mozas.
Después de un par de días en la venta, El estado de encantamiento de Don Pedrete no le había permitido encontrar idea alguna que despejara su malestar. Llegó a la conclusión de que las gentes habían perdido la cabeza y que era necesario advertirles de su sin razón. A él, como caballero andante, le correspondía tomar la iniciativa para cambiar el mundo.
La locura de Don Pedrete había superado, sobradamente, los mas estrafalarios pensamientos que cualquier caballero andante había tenido a lo largo de la historia. Decidió que la solución de los males de la gente se arreglaban trayendo gente nueva de otros lugares. A los que daría no pocas facilidades para que se mezclaran con los habitantes del lugar y crearan una nueva sociedad exenta de los males primigenios.
Al punto de conseguirlo, cuando Don Pedrete despertó se encontraba exhausto. Su cabeza parecía un jeroglífico sin solución. El ventero trataba de reanimarle con paños de agua fría sobre su frente. Pero la mente de Don Pedrete era un nido de grillos. El ventero, para aclarar su duda acerca de la situación enfermiza de Don Pedrete, le quiso hacer una pregunta con la pretensión de ver si de su respuesta podría deducir si se trataba de un encantamiento, o que Don Pedrete tenía trastornado el juicio.
Don Pedrete aceptó que el ventero le formulara cualquier pregunta, con lo que trataría de satisfacer su curiosidad. Pero antes de que el ventero formulara su cuestión, Don Pedrete le aclaró: En lo que dices de mis males, no es tal. Yo, Pedrete BocaAncha, pasaré a los libros de la historia como el mas grande salvador de mi patria. Mis seguidores heredarán todas mis facultades y en el caso de que las perdieran siempre tendrán al Constitucional para salvarles
El ventero comprendió, ante la aseveración de Don Pedrete que resultaba inútil formular pregunta alguna. Definitivamente Don Pedrete había perdido el juicio.